Ángel de la Guarda…Autora: Ana Carvajal Jiménez

 

Ángel de la Guarda

 

Cuando pensamos en un ángel lo imaginamos alado, a veces con el aspecto de un niño; otras, como una linda mujer con unos largos y dorados cabellos resplandecientes. Nos lo imaginamos de tantas formas que difícilmente logramos visualizar su aspecto real.

 

 Hace mucho tiempo conocí al que sería mi ángel. Un día como otro cualquiera, atravesaba una puerta que era la línea divisoria entre lo que era mi vida y en lo que se convertiría a partir de aquel preciso instante. Estaba allí, de pie, y desprendía un aura de color blanca que casi me cegó. Y supe que a partir de ese momento ya nada volvería a ser lo mismo.

 

 Con el paso del tiempo y con toda la paciencia y dulzura a la que jamás había estado acostumbrada, me hizo comprender que era muy valiosa como persona; también, siempre de modo constructivo, me subrayó aquellos aspectos de mi personalidad que debía aprender a controlar, pero nunca haciéndome sentir avergonzada por mi carácter, actitudes, aptitudes o todo aquello que yo consideraba ser motivo de que otras personas me menospreciaran, humillaran o criticaran. He de reconocer que en mi corta o larga vida, según como se quiera contemplar el vaso – medio lleno, o medio vacío –he conocido a un ser con tanto respeto Para, Hacia y Con los demás.

 

 Sin saberlo, había cambiado todo el rumbo de mi vida. Cada día me quiero más, por lo que soy capaz de amar incluso mucho más. Ahora estoy intentando luchar por mis sueños, y siento como si el universo, por vez primera, girara a mi alrededor. Después de un intento fallido, me volví a caer, me volví a levantar y de nuevo tropecé haciendo que las heridas aún abiertas sangraran aún más.

 

 Entonces aquel ángel me dijo: “ A veces hay que quemar puentes para no poder volver a cruzarlos, por muy difícil que sea”. Y así lo hice. Todavía quedan muchas cenizas, y algún que otro pedazo de madera consumiéndose en el fuego e intentando sobrevivir a las llamas, pero que yo no  permitiré que sigan en pie. Pero como todo en este universo es sabio, en medio del puente casi totalmente derrumbado, siguen creciendo dos preciosos y maravillosos rosales, uno de color rojo y otro de color blanco, que un día yo planté, regué y mimé.

 

 El camino está siendo muy duro, angosto y sombrío. Ver desplomarse un puente construido día a día y minuciosamente con todo el Amor de tu Ser, es indescriptible. Pero miro los rosales y sonrío porque esta primavera en mi sendero, habrá mil rosas para mí y para ellos. Después miro hacia atrás y también sonrío recordando con una mezcla de melancolía, gratitud y esperanza como el ángel desapareció con todo su resplandor.

 

 Ya no lo he vuelto a ver. Sin embargo sé que si alguna vez lo necesito, siempre estará ahí. Y no hay un solo día desde entonces que no lo recuerde y que no le dé las gracias por ser mi ángel de la guarda.

 

 Los ángeles no son espíritus alados, son personas de carne y hueso, que te muestran el camino…

  Besos de un ángel para todos los miles de ángeles que hay por aquí. Todos y cada uno de nosotros somos en la vida el ángel de alguien que nos necesita.

 

 

Autora: Ana Carvajal Jiménez

28 de Enero del 2008

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